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La
conquista de la igualdad formal de la mujer en España,
con respecto al hombre, ha sido el
fruto de una larga lucha por el cambio que comenzó
con el reconocimiento del derecho al voto y que
culminará con la aprobación en el parlamento español
de la futura Ley de Igualdad que el actual gobierno
ha presentado hace unas semanas como anteproyecto de ley.
Pero,
para comprender la dimensión real de este importante logro
para todas las españolas, sería bueno conocer algunos
detalles sobre el movimiento feminista
en nuestro país desde sus orígenes hasta la actualidad.
"Tenéis
el derecho que os ha dado la ley, la ley que hicisteis vosotros,
pero no tenéis el Derecho Natural, el derecho fundamental
que se basa en el respeto de todo ser humano, y lo que hacéis
es detentar un poder; dejad que la mujer se manifieste y veréis
cómo ese poder no podeis seguir detentándolo ..."
Clara Campoamor, en
el Congreso de los Diputados
1 de octubre 1931
ANTECEDENTES
SOBRE LA BÚSQUEDA DE LA IGUALDAD
La
"igualdad de los sexos" entronca y hunde sus raíces
en los filósofos ilustrados del siglo XVIII, quiénes
ya se cuestionaban la naturaleza y el papel de la mujer en la sociedad.
Con la Revolución Francesa surgen las primeras voces femeninas,
pero sus proclamas no salen de los ambientes cultos y literarios
en los que se circunscribieron. Finalmente, las principales protagonistas
serían engullidas por los vientos revolucionarios. Olympia
de Gouges fue ejecutada por realista en 1793; Théroigne
de Méricourt, que fue apaleada por mujeres jacobinas,
acabó sus días en un manicomio; Etta Palm
desapareció de la escena política en 1794 y las reformas
civiles de Napoleón cercenaron definitivamente este incipiente
feminismo.
Si
la Revolución Francesa supuso un primer impulso para mejorar
la posición de la mujer, otra revolución - la industrial
- creó la coyuntura necesaria para el desarrollo y consolidación
del movimiento feminista. La sustitución de la unidad de
producción doméstica por el sistema fabril con el
trabajo en grandes factorías fomentó un rápido
proceso de urbanización, que supuso importantes flujos migratorios
y provocó un drástico cambio en la estructura y costumbres
de las familias. De la intersección de dos movimientos, el
de las mujeres de clase media que lucharon para abrirse las puertas
de los centros educativos y ser admitidas en la vida profesional,
y el que resultó de la creciente preocupación de los
sectores sociales más sensibles a las terribles condiciones
de trabajo producidas por la primera industrialización y
sus lacras más evidentes - alcoholismo y prostitución
-, surgirá a mediados del siglo XIX el movimiento feminista
con dos focos principales: Estados Unidos e Inglaterra.
A
comienzos del siglo XX el movimiento feminista estaba bien organizado
en ambos países y ya se había logrado algunas concesiones
importantes gracias a sus intensas y beligerantes campañas:
las mujeres podían cursar estudios en la mayoría de
las universidades británicas y americanas; en la década
de los noventa se produjo un rápido incremento en el número
de mujeres dedicadas a actividades relacionadas con la medicina,
la enseñanza y el comercio y se promulgaron nuevas leyes
que conferían a las mujeres un mayor control sobre sus bienes.
En Gran Bretaña actuaban grupos bien organizados que hacían
campaña a favor del voto, y en 1903 apareció el movimiento
militante sufragista dirigido por Emmeline Pankhurst.
La campaña a favor del divorcio también ganaba lentamente
terreno y muchos estados de Estados Unidos introdujeron reformas
legales para facilitarlo. También hubo campañas, más
bien limitadas, para proporcionar consejo e información sobre
los métodos de control de natalidad.
Se
produjo también una revitalización general del interés
por el sufragio femenino y se concedió el voto a las mujeres
en diversos estados de los Estados Unidos (Wyoming, 1869; Utah,
1870; Colorado, 1893; Idaho, 1896) y en Australia (1902) así
como en Nueva Zelanda (1893) y en otros países que siguieron
el ejemplo: Finlandia (1906), Noruega (1913), Dinamarca e Islandia
(1915), Holanda, la Unión Soviética e Inglaterra (1917),
Austria, Polonia, Checoslovaquia y Suecia (1918), Estados Unidos
(1920), Sudáfrica (1930), España (1931), Brasil (1934),
Rumanía (1935), Filipinas (1937). Tras la II Guerra Mundial,
además de Francia (1946), el voto femenino sería aprobado
en la inmensa mayoría de países, coincidiendo con
las independencias que se sucedieron al fin de los grandes imperios
coloniales.
Aunque
en el siglo XIX hubo en España algunos casos aislados de
mujeres emancipadas, no existió un movimiento feminista bien
organizado como los que había en otros países europeos
y en los Estados Unidos. Hasta los años en torno a la I Guerra
Mundial, precisamente cuando la batalla sufragista estaba llegando
a su fin en otros países, no cabe hablar con propiedad de
organizaciones feministas en España; cuando al fin surgieron
fueron además mucho más bajas, en cuanto a combatividad
y afiliación, que las de sus modelos foráneos. Circunstancias
de todo orden abonaron estas peculiaridades del feminismo español.
Los grupos más conservadores, al lograr hacerse con el feminismo,
lo volvieron inocuo.
Las
dos grandes figuras feministas de esta época en nuestro país
son Concepción Arenal (1820-1893) y Emilia
Pardo Bazán (1851-1921). La escritora gallega Pardo
Bazán denunciaba en la España Moderna (1890) que los
avances culturales y políticos logrados a lo largo del siglo
XIX (las libertades políticas, la libertad de cultos, el
mismo sistema parlamentario) sólo habían servido para
incrementar las distancias entre sexos, sin promover la emancipación
femenina. La penalista Concepción Arenal insistió
en múltiples escritos en que el papel de madre y esposa eran
fundamentales en la vida de las mujeres, pero subrayando que la
experiencia de la vida femenina no podía centrarse en el
ejercicio exclusivo de ese rol. En el terreno educativo fue donde
más avanzó el feminismo español. Las iniciativas
del Krausismo tras 1850 y de la Institución Libre de Enseñanza
(1876) buscaban un avance en la educación, la enseñanza
y la cultura femenina.
La
resistencia a la generalización de la enseñanza femenina
fue muy acentuada. El reconocimiento oficial del derecho a la educación
superior no se produjo hasta 1910. A lo largo de todo el siglo XIX,
el analfabetismo femenino se mantuvo en tasas enormemente altas
que rondaban el 70 % en muchas zonas a fines de la centuria.
EL
SIGLO XX Y LA CONQUISTA DEL VOTO FEMENINO
A
principios del siglo XX las únicas organizaciones femeninas
eran las formadas por mujeres católicas de clase alta que
se dedicaban fundamentalmente a la caridad. La primera que se interesó
por el feminismo fue la Junta de Damas de la Unión Ibero-Americana
de Madrid aunque limitaron sus ideales a las cuestiones sociales
- mejores oportunidades en el trabajo y en la educación y
supresión de la trata de blancas, dejando a un lado los derechos
políticos. En 1906 crearon el Centro Ibero Americano de Cultura
Popular Femenina y un periódico que salía tres veces
al mes: La Ilustración de la Mujer.
El
año 1912 será también una fecha importante
para el asociacionismo de las mujeres obreras españolas en
sectores bien diversos. En Madrid se funda la Agrupación
Femenina Socialista, que buscará integrar un mayor número
de mujeres en las filas del PSOE e intentará organizar varias
sociedades obreras. Su labor será, en cualquier caso, minoritaria.
Aunque en 1913 una mujer, Virginia González,
entre a formar parte del comité nacional del PSOE y de la
UGT, en 1915 sólo había en el partido tres o cuatro
grupos exclusivamente de mujeres.
En
1913 se celebraron en la Sección de ciencias morales y políticas
del Ateneo de Madrid varios encendidos debates acerca del feminismo.
Participaron en los debates dos mujeres: Julia P. de Trallero,
que más tarde sería secretaría general de la
Asociación Nacional de Mujeres Españolas, y Benita
Asas Manterola, que junto a Pilar Fernández Selfa
lanzó el 15 de octubre de aquel mismo año una revista
quincenal femenina titulada El Pensamiento Femenino.
El
Pensamiento Femenino disfrutó de una vida relativamente breve,
pero en mayo de 1917, poco después de su desaparición,
Celsia Regis fundaba otro periódico conservador:
La Voz de la Mujer. Celsia Regis decidió reunir a las mujeres
que habían trabajado por la causa de la mujer o que, en virtud
de su posición, podían favorecerla, para formar una
organización feminista. Estas mujeres se reunieron en el
despacho de la mujer de negocios, María Espinosa
de los Monteros, el 20 de octubre de 1918 y decidieron
crear la Asociación Nacional de Mujeres Españolas
(ANME) que se convertiría en la organización feminista
más importante de España. La integran un grupo heterogéneo
de mujeres de clase media, maestras, escritoras y esposas de profesionales
en el que enseguida destacarán Benita Asas Manterola,
Clara Campoamor, Elisa Soriano,
María de Maeztu, Julia Peguero
y Victoria Kent.
Poco
después se fragua un cierto clima de cambio social debido,
por una lado, a varias medidas en el campo de la educación
y, por otro, al hecho que varios países concedieran el voto
a la mujer en los años inmediatamente posteriores al fin
de la I Guerra Mundial. Las medidas tomadas en el terreno educativo
fueron dos. La primera es la R.O. del Ministerio de Instrucción
Pública y Bellas Artes (2 de septiembre de 1910) que establece
el libre acceso a la mujer al servicio de cuantas profesiones tengan
relación con él, siempre que posea el título
académico exigido. La segunda, el Estatuto de funcionarios
públicos (1918), que permite el servicio de la mujer al Estado
en todas las categorías de auxiliar, y remite a los respectivos
reglamentos para determinar su ingreso en el servicio técnico,
siempre con los mismos requisitos de aptitud de los varones. Por
otra parte, el mundo de la universidad y de la administración
pública con algunas limitaciones (judicatura, notarías,
etc) quedaba abierto para las mujeres.
El voto femenino constituía pues un elemento del debate público
cuando el diputado conservador Burgos Mazo presentó, en noviembre
de 1919, un nuevo proyecto de ley electoral que otorgaba el voto
a todos los españoles de ambos sexos mayores de 25 años
que se hallan en el pleno goce de sus derechos civiles, pero incapacitaba
a las mujeres para ser elegibles y establecía dos días
para celebrar los comicios, uno para los hombres y otro para las
mujeres. Nunca llegó a debatirse.
LA
MUJER EN LA REPÚBLICA
Con la proclamación de la
República, en abril de 1931, la igualdad de los sexos pasó
por fin a ser una posibilidad real con la aprobación de la
nueva constitución.
El
Gobierno provisional, en un decreto de 8 de mayo de 1931, concedió
el voto a todos los hombres mayores de veintitrés años
y declaró que las mujeres y los curas podían ser elegidos
para ser diputados. En las elecciones celebradas en junio de aquel
año fueron elegidas dos mujeres diputadas, Clara
Campoamor (Partido Radical) y Victoria Kent
(Izquierda Republicana): dos mujeres de un total de 465 diputados.
A finales de aquel mismo año otra mujer diputada, Margarita
Nelken (Partido Socialista), ingresó en las Cortes.
De las tres, Clara Campoamor, abogada, fue la más asidua
defensora de los derechos de la mujer y desempeñó
un papel importante en el debate acerca del sufragio femenino.
Clara Campoamor, diputada radical
y miembro de la comisión parlamentaria, protestó vigorosamente
de que sólo se reconociese "en principio" la igualdad
de derechos, y consiguió finalmente que se enmendara el artículo
25 hasta quedar como sigue:
"No podrán ser fundamento de privilegio jurídico:
la naturaleza, la filiación, el sexo, la clase social, la
riqueza, las ideas políticas, ni las creencias religiosas.
El Estado no reconoce distinciones o títulos nobiliarios".
El artículo 36 confería
los mismos derechos electorales al hombre y a la mujer mayores de
veintitrés años. El artículo 53 otorgaba el
derecho a ser diputado a todos los ciudadanos mayores de veintitrés
años sin distinción de sexo, frase que, sin embargo,
fue omitida en el artículo 69, por el cual eran elegibles
para el cargo de presidente todos los ciudadanos mayores de cuarenta
años. El artículo 43 trataba de la familia: La familia
está bajo la salvaguardia del Estado. El matrimonio se funda
en la igualdad de derechos para ambos sexos
Las primeras elecciones en las que
participaron las mujeres fueron las de 1933. Las
tesis sufragistas acababan de anotarse un triunfo en España.
La concesión del voto, como la del divorcio, fueron logros
de la mujer en el periodo republicano, pero logros tan efímeros
como el propio régimen que los había posibilitado.
La Guerra Civil y el nuevo Estado impuesto tras la victoria del
general Franco el 1 de abril de 1939 darían al traste con
todo lo conseguido. Habría que esperar al cierre de ese largo
paréntesis de 40 años para que las mujeres recuperaran
el punto de partida que significó la conquista del voto en
1931.
EN
LA TRANSICIÓN SE PREPARA EL CAMINO HACIA LA IGUALDAD
Tras
el largo desierto de la dictadura, el pleno acceso de la mujer a
la política como electora y elegible no fue algo que resultara
extraño en el cuerpo social español. Así tanto
en el Referéndum para la Reforma Política convocado
por Adolfo Suárez en diciembre de 1976, como en las primeras
elecciones democráticas generales de junio de 1977, con plenitud
de partidos políticos libres y reconocidos, las españolas
gozarían del pleno acceso al voto, sin exclusiones de ningún
tipo. Un derecho que desde entonces ha venido ejercitando hasta
hoy con tanta naturalidad y responsabilidad, lejos de los tópicos
y los fantasmas manejados antaño, con una tendencia que resulta
imposible de diferenciar respecto a la ejercida por los hombres.
El
voto femenino ha sido pues, un factor más de estabilidad
y equilibrio en el proceso de la normalización política
española, desde la transición hasta nuestros días,
ejercido por todas las mujeres como un derecho más, con toda
naturalidad, responsabilidad e ilusión.
El
feminismo en España tiene un especial auge en la década
de los setenta, Lidia Falcón, fundadora
del Partido Feminista en España, defiende la tesis de la
mujer como clase social y propugnaba las nuevas tecnologías
de reproducción "in vitro" para liberarse,según
ella, de su destino natural.
EL
MOVIMIENTO FEMINISTA EN LA ACTUALIDAD
A
inicios de los ochenta, la democracia en España se había
consolidado. Sin embargo, el movimiento feminista señalaba
que la democracia aún estaba incompleta porque no había
llegado a las mujeres, garantizándoles el pleno ejercicio
de sus derechos.
Desde
entonces se han producido cambios en la situación de las
mujeres que han contribuido a su igualdad, pero han surgido nuevas
formas de discriminación que plantean la necesidad de que
las mujeres se movilicen para ejercer sus derechos.
No
obstante, ahora es posible evaluar el impacto que la movilización
de las mujeres y las políticas públicas han tenido.
Ha habido importantes cambios en la situación de las mujeres,
como su incorporación al ámbito público y la
toma de conciencia de sus derechos ciudadanos. Al analizar los datos
sobre la realidad de las mujeres al comenzar el siglo XXI, constatamos
que ha aumentado la participación femenina en la educación,
en el mercado de trabajo y en la política. El avance en la
universidad, un territorio fuertemente masculinizado ha sido muy
importante, incluso en las carreras técnicas.
Los datos económicos muestran que también ha habido
un importante acceso de las mujeres al mundo laboral. Si bien había
comenzado a crecer en los setenta, el gran avance se produjo en
los ochenta y noventa, y este crecimiento ha afectado sobre todo
a las mujeres más jóvenes. Las mujeres comienzan a
tener pocas diferencias con los hombres en cuanto al acceso al mundo
laboral. Las mujeres se han incorporado fuertemente a la población
activa, pero allí se encuentran con el primer obstáculo:
el desempleo, que afecta de modo especial a las mujeres jóvenes.
En
el campo de la política es donde ha habido un mayor avance
de las mujeres a partir de los ochenta. Hay aproximadamente un 30%
de presencia femenina en el Congreso de los Diputados, en el Senado,
en los 17 parlamentos autonómicos y en el Parlamento Europeo.
El
cambio de la situación de las mujeres en el terreno público
no ha cambiado el rol de las mujeres en el espacio doméstico,
y esta dificultad para combinar trabajo y familia es uno de los
factores que ha contribuido a la caída de la natalidad.
El
desafío principal hoy es hacer que las mujeres consigan dos
cosas: que este acceso no las deje como ciudadanas de segunda clase
en el mercado de trabajo o en la participación política;
y, más importante, que se asuma la dimensión de lo
privado en una redefinición de la ciudadanía que permita
que hombres y mujeres también compartan también las
tareas en el hogar.
SOBRE
FEMINISMO
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